Buscan para sus hijos, o deberían hacerlo, al menos, una escuela, claro, donde ejerciten y creen actitudes fundamentales, como el esfuerzo, la disciplina, el trabajo en equipo o la automotivación. Anhelan, o deberían hacerlo, que aprendan a aceptar la frustración, a saber ganar. Y a saber perder. También esto último. Al menos deberían pensar en ello. Y, por supuesto, que, poco a poco, vayan adquiriendo habilidades propias del jugador de fútbol. A su nivel, claro; a su nivel (son aún niños). Pero que mejoren y crezcan también como jugadores de este bello deporte. Quieren, y es lógico que así sea, que sus hijos se diviertan a la vez que aprenden, disfruten, a la vez que se esfuerzan, pasan calor, frío o se mojan hasta los huesos  a lo largo de la larga temporada.

Buenos padres y madres son si piensan así. Si hacen así. Si cuidan así. Y sabemos que pueden, incluso, hacer un poco más. Ir un poco más allá. Facilitar, sin merma alguna de su celo e interés porque todo vaya sobre ruedas, los mejores ingredientes en todo este proceso. Elementos que, sabemos fehacientemente, que ayudan a crecer, a madurar, a ser mejores personas y, también, futbolistas.

Estos mimbres, entre otros, por supuesto, no son otros que diez comportamientos sencillos de interpretar y aplicar en el día a día:

(1) facilitar la máxima autonomía e independencia de los chicos;

(2) evitar las críticas a sus hijos, compañeros y/o entrenadores;

(3) no ejercer de entrenadores en la sombra;

(4) ser educados en la grada y exquisitos con los contrarios, árbitros y resto de padres y madres;

(5) ser generosos, alegres y animosos en el postpartido y ayudar a interpretar y leer adecuadamente las derrotas, los malos momentos;

(6) ser ejemplos de humildad en las victorias, contribuyendo a relativizar los éxitos y seguir trabajando, poco a poco, partido a partidocomo nos enseñan quienes saben de esto, y mucho;

(7) estimular el esfuerzo, las ganas, la actitud positiva;

(8) reforzar en las conversaciones que mantenemos con los chicos las actitudes y comportamientos de solidaridad, ayuda y el apoyo mutuo que puedan mostrar en los entrenamientos o en la competición;

(9) favorecer los adecuados hábitos de alimentación y

(10) cuidar de modo especial el adecuado desarrollo de la actividad en la escuela.

No es difícil. Sabemos que funciona. Y mucho. El resultado, mejores chicos, mejores personas, mejores deportistas, y mejores futbolistas, también, claro.